En las últimas décadas del siglo XX las previsiones apuntaban a que los hidrocarburos, como recurso finito, escasearían a mitad del siglo actual o, con suerte, a finales del mismo. Esto irremediablemente llevaría al aumento de conflictos por los ansiados recursos energéticos, haciendo de las energías renovables o la nuclear la única salida a semejante callejón geoeconómico. Sin embargo, durante los últimos años se han producido avances considerables en la industria de los hidrocarburos, facilitando en buena medida la explotación de yacimientos de petróleo y gas natural hasta entonces inaccesibles o tremendamente costosos como para su aprovechamiento. En la actualidad, términos como fracking o gas pizarra son cada vez más habituales. Por ello, la producción de crudo y gas se ha relanzado, alejando el fatídico horizonte energético y reconfigurando en buena medida la geografía de la energía a nivel global.
No obstante, estos cambios también acarrean grandes desafíos. Medioambientalmente, las nuevas formas de extracción de crudo y gas son muy agresivas, causando serios deterioros geológicos y ecológicos e incluso perjudicando la salud de animales y personas. Geopolítica y geoeconómicamente, un escenario tan naturalizado como era el del petróleo y el gas natural ha cambiado en detrimento de unos países y en favor de otros, generando nuevas relaciones de poder y, como es de esperar, nuevos conflictos. Las revoluciones, aun siendo energéticas, nunca son al gusto de todos.
Cambio en la normalidad energética.
Como tal, la extracción de petróleo y gas natural es algo
relativamente sencillo. Una vez se ha identificado una bolsa de crudo o gas
subterráneo – o se cree que pueda existir – se perfora el suelo hasta la
profundidad oportuna a la vez que se introduce una tubería para extraer el hidrocarburo. Si se
ha hecho diana, el resto lo hace la presión subterránea. Este método ha sido en
líneas generales como tradicionalmente se ha extraído el crudo y el gas natural
en el mundo hasta hace pocos años, y todavía hoy es el modelo extractivo
predominante. Arabia Saudí, Venezuela, Estados Unidos, Brasil, Rusia o Nigeria,
por citar algunos ejemplos, son países que se han visto enormemente
beneficiados por los recursos de su subsuelo y por su posterior explotación.
Sin
embargo, de hará un lustro en adelante, nuevas formas de extracción se han ido
abriendo paso. Por un lado, los altos precios del petróleo y el gas natural
apremiaban a la inversión para encontrar nuevos yacimientos y explotarlos; por
otro, mejoras tecnológicas en la industria han reducido los costes de extraer
hidrocarburos por vías distintas a la “clásica”, dando lugar a mayores márgenes
de beneficio; y cómo no, la siempre presente seguridad energética, que ha
provocado que numerosos estados hayan permitido estas nuevas técnicas
extractivas con tal de reducir las dependencias de petróleo y gas del exterior
ante un cada vez más convulso Oriente Medio, el gran centro productivo del
mundo para estas cuestiones. Así, toda una industria en torno a la extracción
de hidrocarburos por fractura hidráulica o fracking ha ganado protagonismo.
Yacimientos hasta ahora inabordables se han empezado a explotar, países sin
producción de crudo o gas han visto cómo sus dependencias se reducían gracias a
las bolsas subterráneas en su territorio y los estados hasta ahora hegemónicos
en cuestiones petrolíferas o gasísticas han ampliado o reducido sus capacidades
geoeconómicas. Los responsables de este fenómeno, todo un abanico de sustancias
que han acabado reunidas en torno al concepto de hidrocarburos no
convencionales.
Para el
caso del petróleo, por ejemplo, las principales fuentes no convencionales son
las lutitas con querógeno, conocidas coloquialmente como shale oil; el crudo
ligero y las arenas bituminosas. La principal característica de estas variantes
del crudo convencional es que como tal no están en grandes bolsas, algo que sí
ocurre en el petróleo convencional. Estos yacimientos están atrapados entre
capas de roca o incluso en arenas, haciendo imposible la extracción hasta ahora
habitual. Por ello se necesitan de nuevas técnicas, y es aquí donde entra el
fracking. Esta práctica consiste en inyectar en el subsuelo agua a alta presión
mezclada con arena sintética y productos químicos con el fin de romper las
capas de roca, diluir el crudo atrapado y hacerlo así aflorar.
Con el
gas natural ocurre algo similar. En muchos yacimientos no convencionales, el
gas se encuentra adherido a rocas de escasa permeabilidad, imposibilitando
cualquier extracción por vías convencionales. Sin embargo, existen más formas
de encontrar gas natural, como en shale, esto es, al igual que el crudo, en
lutitas; en metano en capas de carbón a gran profundidad; como hidratos de
metano o hidratos de gas, con un alto potencial energético dada su
concentración, y los denominados gas pobre y gas ácido.
Este
proceso de la fractura hidráulica, indistintamente para el gas o el petróleo, a
día de hoy todavía es costoso, y no sólo en un sentido estrictamente monetario.
Si la extracción de petróleo convencional se sitúa entre los 10 y los 30
dólares por barril – los países arábigos son los que menos coste presentan –,
el importe a la hora de extraer crudo de las arenas bituminosas asciende a los
50-90 dólares, y para el caso del shale oil esta cifra ascendería hasta la
horquilla de los 60 y 100 dólares por barril. Además, y en gran medida por las
consecuencias medioambientales que genera, el sector del fracking no goza de
buena imagen en aquellos lugares donde existe cierta conciencia ecologista,
ejerciendo presión sobre el ámbito político y mediático y derivando en muchos
casos en la no concesión de licencias para explotar posibles yacimientos de
petróleo y gas.
Sin
embargo, donde esta industria sí ha proliferado de manera espectacular es en
Estados Unidos y Canadá gracias al shale oil y las arenas bituminosas
respectivamente. Los pozos y las empresas que las operan han aumentado a un
ritmo inusitado, y para el caso estadounidense la consecuencia más inmediata es
haber independizado al país energéticamente. Su vecino del norte, en cambio, se
ha convertido en un referente de la explotación de hidrocarburos no
convencionales, para bien y para mal.
A
finales de 2011 la Agencia Internacional de la Energía (AIE) estimaba que en el
mundo existían cerca de 6.000 millones de barriles por explotar de petróleos no
convencionales, cuando en la actualidad las reservas probadas ascienden “sólo”
a 1.700 millones de barriles – unas reservas que han aumentado un 50% en las
últimas dos décadas –. Del mismo modo, los billones de metros cúbicos de gas
natural no convencional en reservas estimadas en 2012 duplicarían a los
convencionales, y las reservas probadas han aumentado un 57% desde 1994. Con
todo, el escenario energético global está transitando de manera clara hacia una
prórroga que se estimaría de hasta dos siglos más.
Un nuevo mapa de la energía
Aunque por evidentes cuestiones
geológicas existe una correlación entre las zonas petrolíferas convencionales y
los nuevos puntos de extracción de gas y petróleo shale, lo cierto es que la
convergencia no es total. De hecho, esas pequeñas – y grandes a su vez –
diferencias han provocado la reordenación del mapa energético global, algo que
tradicionalmente ha tenido una buena dosis de geopolítica. Así, países hasta
ahora punteros e inamovibles del tablero global de petróleo y gas podrían ser
desplazados a posiciones secundarias en un futuro no muy lejano, mientras que
estados hasta ahora poco relevantes o de menor impacto en las dinámicas
energéticas mundiales podrían pasar a la primera línea de los hidrocarburos. Y
es que si en 2012 el 80% del crudo mundial que se producía era convencional, en
2035 se estima que pasará a representar el 65%, mientras que los no
convencionales avanzarán de proporciones irrelevantes en la actualidad a algo
más de un 15% en dos décadas. Lógicamente, la variedad de escenarios posibles
de aquí a veinte años genera una horquilla que podría hacer cambiar – y lo hará
– todas esas cifras, si bien la tendencia es absolutamente clara: el petróleo
convencional se retira progresivamente en favor del gas natural y los
hidrocarburos no convencionales.
La gran ruptura
energética actual se encuentra en el pulso entre los países pertenecientes a la
Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y los no miembros, ya
que en 2014 su producción representaba un 41% y un 59% respectivamente. En la
oligarquía petrolera, Arabia Saudí es el referente como primer productor
mundial, acompañado del resto de “petromonarquías” del golfo Pérsico; Irán, su gran rival en la zona; Nigeria, Angola o Venezuela. En el otro lado, y no a
demasiada distancia de los saudíes, despuntan Estados Unidos y la Federación
Rusa, con países como Canadá, México, Brasil o China haciendo de poderes
secundarios a tener en cuenta. Sin embargo, el avance de los hidrocarburos no
convencionales podría modificar este escenario global, prácticamente estático
desde hace un siglo.
Gracias a las nuevas formas de explotación, en
el terreno del crudo ligero, el más prometedor de los hidrocarburos no
convencionales, países como Estados Unidos, Canadá, Rusia, Argentina, Australia
o China se verían afectados positivamente. También los canadienses mantendrían
cierto
La gran ruptura
energética actual se encuentra en el pulso entre los países pertenecientes a la
Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y los no miembros, ya
que en 2014 su producción representaba un 41% y un 59% respectivamente. En la
oligarquía petrolera, Arabia Saudí es el referente como primer productor
mundial, acompañado del resto de “petromonarquías” del golfo Pérsico; Irán, su gran rival en la zona; Nigeria, Angola o Venezuela. En el otro lado, y no a
demasiada distancia de los saudíes, despuntan Estados Unidos y la Federación
Rusa, con países como Canadá, México, Brasil o China haciendo de poderes
secundarios a tener en cuenta. Sin embargo, el avance de los hidrocarburos no
convencionales podría modificar este escenario global, prácticamente estático
desde hace un siglo.
Gracias a las nuevas formas de explotación, en
el terreno del crudo ligero, el más prometedor de los hidrocarburos no
convencionales, países como Estados Unidos, Canadá, Rusia, Argentina, Australia
o China se verían afectados positivamente. También los canadienses mantendrían
cierto
Sin embargo, no sólo hay que ver
este fenómeno desde la perspectiva de la producción, sino que la demanda,
también fundamental, cambiará en los próximos años, redirigiendo los flujos
energéticos y variando las dinámicas políticas y económicas.
En la actualidad, el
consumo de petróleo se reparte casi equitativamente entre los países de la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en su
mayoría países desarrollados, y los no miembros. Algo similar ocurre con el gas
natural. Sin embargo, la paulatina bajada de la demanda de los países
industrializados, tanto por el descenso del consumo relativo como por las
políticas de eficiencia energética y el mayor protagonismo de las energías
renovables, provocará el desplazamiento de la demanda – geográficamente
hablando – hacia la región de Asia-Pacífico. Así, en 2035 se estima que la OCDE
sólo demande un 32% del crudo global frente al 48,3% de 2014. Esta nueva
voracidad de crudo tendrá en el continente asiático dos protagonistas claros:
China e India. El gigante asiático consumirá en dos décadas el 15,4% del
petróleo, cuando a día de hoy está en tres puntos menos. En este sentido, el
Imperio del Medio dependerá en buena medida de su comercio con los países africanos y con los productores de Oriente Medio ya que será
incapaz de autoabastecerse, algo que sí conseguirá – de hecho ya lo ha
conseguido – Estados Unidos.
Se asistirá por tanto
a un mundo en el que la gran potencia hasta ahora ya no sentirá la necesidad de
asegurar el crudo al tenerlo bajo su propio suelo, pasando tal papel a China,
que salvo severa constricción de su consumo, necesitará más y más petróleo hasta
completar satisfactoriamente una transición energética basada en la eficiencia
y los recursos renovables, algo que se podría posponer a la segunda mitad de
siglo. Por ello, el tablero de la energía global será principalmente asiático.
Y no convendría olvidar otras cuestiones o escenarios aparejados, como la
pérdida de influencia saudí en los precios globales de los hidrocarburos,una baza que ha utilizado recientemente o el aumento de las tensiones en Asia-Pacífico por
cuestiones energéticas, como ya está ocurriendo en el Mar de China.
El oro negro tampoco reluce
Uno de los beneficios que tienen los
hidrocarburos no convencionales es el tiempo que proporciona. Los recursos
energéticos, antes o después, empezarán a ser escasos, por lo que la única
cuestión en el aire es cuándo llegará ese momento. El shale únicamente ha
alejado tal horizonte, permitiéndole al mundo un siglo, o como mucho dos, de
margen.
Sin embargo, no es menos cierto que
las formas de explotación de estos nuevos recursos energéticos tienen un coste
medioambiental alto, algo que en muchos casos no se ha intentado atajar por
parte los estamentos políticos de diferentes estados productores, generándose
así un “todo vale” con tal de logar mayor seguridad energética. El norte de la
región de Alberta, en Canadá, ha sufrido un grave deterioro por la masiva y
desenfrenada explotación de las arenas bituminosas. El bosque boreal ha
desaparecido en algunos lugares para dejar paso a las minas y a los depósitos
de residuos; las poblaciones indígenas de la zona han sido desplazas y los ríos
y lagos contaminados al filtrarse por el subsuelo las sustancias químicas
utilizadas en el fracking. A esto se le puede añadir también el aumento de
casos de cáncer y las muertes del ganado como consecuencia de la contaminación
del agua y del aire.
En el vecino al sur, Estados Unidos,
ocurre algo similar. De punta a punta del país han proliferado los campos
dedicados a la perforación y extracción de crudo y gas natural, en una burbuja
que se desinfla a medida que los saudíes han mantenido el precio del barril de
crudo bajo. Sin embargo, las laxas medidas que los gobiernos estatales han
impuesto a la industria petrolera – considerando además el enorme poder de
lobby que esta tiene – han generado un deterioro similar al canadiense, al
igual que un fuerte y conflictivo debate en la sociedad sobre la conveniencia y
la viabilidad de este tipo de industria. De lo que no cabe duda es de que el
fracking ha permitido a Estados Unidos convertirse en el mayor productor
mundial de crudo e independizarse del crudo saudí a pesar de ser este más
barato. A día de hoy, yacimientos gigantescos como el de Eagle Ford, en Texas,
que se adentra también en México, han reavivado la cuestión, si bien el lugar
es el más propicio dado el matrimonio entre el estado sureño y el oro negro.
En el Viejo Continente ha primado
más la postura favorable al medio ambiente. A pesar de que en la mayoría de países
europeos la fractura hidráulica está permitida – sólo Francia, Luxemburgo,
Bélgica, República Checa y Bulgaria lo prohíben –, la explotación no ha
alcanzado límites elevados. Todo se mantiene a la espera de encontrar un
yacimiento de gran potencial y sólo entonces valorar la idoneidad de
explotarlo, siendo conscientes del impacto medioambiental y también del coste
político que esta decisión tendría. Sin embargo, países como Polonia, deseosos
de librarse de las ataduras del gas ruso, es quien tiene más ganas de lanzarse
a explotar la bolsa de Lublin, aunque sus vecinos, reacios por las
consecuencias que esta extracción podría tener, intentan mantener la calma de
los polacos.
Sin embargo, cabe
destacar el hecho de que en la mayoría de países europeos la industria todavía
se encuentra en fase de exploración, y no han sido pocas las veces en las que
un yacimiento a priori prometedor acababa en fracaso. No obstante, ya sólo en
este estadio, muchos sondeos de zona se han topado con una fuerte oposición
social y política. Incluso proyectos complementarios, como el almacén Castor,
en parte relacionado con el desarrollo del fracking, han mostrado los problemas derivados de las perforaciones en el subsuelo.
Tampoco hay que perder de vista el
hecho de que los nuevos métodos de extracción de crudo y gas necesitan de
ingentes cantidades de agua. Si el problema hídrico es preocupante a nivel
global de cara al futuro, en algunas zonas esta situación es crítica, y a
menudo se antepone su uso para fracturar las rocas del subsuelo que para el
consumo humano o la agricultura, agravando la escasez.
Por ello, la cuestión de los
hidrocarburos no convencionales es tan prometedora como arriesgada. La
productividad en la extracción ha sido fundamental para el desarrollo de la
industria, por lo que sería de esperar que de aquí a unos años mejorasen las
técnicas de extracción y se redujesen los costes medioambientales. No obstante,
esto no hay que darlo por hecho. La presión social se ha demostrado aquí como
una variable fundamental en las posibilidades de la industria, al menos en el
mundo desarrollado. En el emergente, como viene siendo habitual, primará el
pragmatismo nacional sobre una sociedad todavía poco cohesionada con estos
temas. Sólo queda esperar quién se llevará la siguiente batalla en la eterna
guerra entre combustibles fósiles y productores.